

Desde el inicio de la automoción, el coche se convirtió en un símbolo de libertad. Durante un tiempo fue válido eso de poder ir del punto A al punto B y aparcar en la puerta, hasta que el número de vehículos resultó ser excesivo y hubo que empezar a ponerle freno a eso con medidas incómodas. En la actualidad, la multimodalidad se ha abierto paso a codazos.
Detrás de este neologismo tenemos tanto el transporte público en todas sus formas (autobús, metro, cercanías…) como el transporte privado, no solo en coches particulares, sino en motos, patinetes, bicicletas e incluso a pie. En la multimodalidad encontramos tanto vehículos de uso privado -en propiedad- como de alquiler. Las restricciones al uso del coche pueden suponer y suponen problemas para los residentes, no solo para los foráneos.
Y es que el transporte público puede parecer la opción ideal, hasta que deja de serlo. Pongamos el típico ejemplo de una familia en la que los dos padres trabajan y hay que acercar a los niños al colegio antes de empezar la jornada. Las combinaciones de transporte público pueden no ser interesantes en términos de tiempo, especialmente si el domicilio, el colegio y el trabajo no están formando una carambola espacial.

Para aquellas familias que no puedan hacer la carambola, el vehículo privado sigue siendo un medio habitual para poder encajar mejor las combinaciones horarias, llegar a tiempo a todo y con un coste razonable. El tiempo también hay que cuantificarlo como un coste, partiendo de la obviedad de que todos tenemos un tiempo limitado. De hecho, puede ser más importante el tiempo que el coste, motivo por el cual haya gente que use el coche por el ahorro de tiempo, aunque le sea mucho más caro y el transporte público sea incluso gratuito.
Es indiscutible que el transporte público favorece la movilidad en las áreas urbanas porque mueve más gente con un menor huella de espacio, y de forma eficiente, ya que la energía para mover cada pasajero es muy baja, incluso en los autobuses. Menor consumo de energía se liga también a una menor contaminación. Ningún coche de combustión interna es competitivo con un autobús de gasóleo que tenga un nivel aceptable de ocupación, y no digamos nada si encima va lleno.
Por lo tanto, considerando que es inevitable que haya ciudadanos que no contemplen el uso del transporte público por las razones que sean, no solo su ánimo de estorbar el tráfico y molestar a los demás (circunstancias que no suelen coincidir), hay que distinguir entre las modalidades de movilidad privada en función de su impacto en términos de gasto energético, contaminación acústica y ambiental.

En otras palabras, las políticas urbanas deberían favorecer a los usuarios de vehículos eléctricos porque son los que menos impacto tienen en su entorno en cuanto a ruido y emisiones, además de por su mayor eficiencia energética. Estas políticas también tienen que tener en cuenta que un despliegue de puntos de recarga de oportunidad beneficia a este tipo de movilidad.
Indirectamente, esto favorece la conciliación. Los usuarios de vehículos eléctricos no siempre tienen a su disposición oportunidades de recarga en su domicilio o trabajo, y dependen de la infraestructura pública y oportunidades de recarga a la hora de hacer la compra, ir al gimnasio, aparcar en determinados sitios, etcétera. Cuanto más fácil es cargar en cualquier sitio, más fácil es que alguien adquiera un vehículo eléctrico aunque no disponga de un punto de recarga propio.
Además, estas oportunidades de recarga facilitan que los usuarios de vehículos eléctricos dispongan siempre de carga suficiente para hacer frente a cualquier obligación diaria o imprevisto. De hecho, uno de los argumentos de ciertos detractores de la movilidad eléctrica son “¿y si tienes que irte a un hospital corriendo y tienes la carga de batería baja?”. El mismo problema que estar en reserva y tener que hacer un desplazamientos de más de 10 kilómetros, me temo.

Se pueden tener emergencias e imprevistos con cualquier tipo de coche, y es imposible estar preparado para todo, como sí hacen los bomberos. En cada caso, habrá una autonomía “para emergencias” de 5 kilómetros o para 50, depende de lo lejos que queden las cosas y el tipo de urgencia que sea. En cualquier caso, para una emergencia siempre está el recurso del taxi, ¿o no?




