

En los últimos años estamos utilizando mucho el neologismo micromovilidad, que alude a que se utilizan pequeños vehículos como patinetes, bicicletas, etc. Lo que se había hecho de toda la vida, solo que entonces no se utilizaban baterías ni motores eléctricos. Nuestros padres y abuelos pueden hablarnos mucho de “micromovilidad” cuando no se llamaba así.
Es un término medio entre el transporte público, que tiene sus horarios, rutas y limitaciones, y el vehículo privado convencional. Tienen bastante flexibilidad para ir del punto A al punto B, sin estar sujetos a horarios, y sin compartir vehículo con otros usuarios -respecto al uso. Durante la pandemia de COVID estas características fueron bastante apreciadas. Y pese a ser individuales, su coste de uso es bajísimo respecto un vehículo a motor, ciclomotores inclusive.
En la actualidad no resulta complicado ver pequeños vehículos en ciudades medianas y grandes, tanto de particulares como de alquiler. Esta última modalidad tiene una serie de ventajas, como despreocuparse de la posibilidad de extravío o pérdida, que no hace falta tener espacio para almacenar el vehículo ni hay que cargar con él en ciertos lugares. Es una buena opción para usuarios ocasionales o que no hacen un uso intensivo del vehículo.

La gran diferencia en bicicletas
La bicicletas eléctricas han tenido un papel creciente en la micromovilidad porque eliminan una de las barreras de entrada: el cansancio. Las bicicletas EPAC o de pedaleo asistido nos dan hasta 250 vatios de potencia a menos de 25 km/h, y esa potencia es equivalente a tener a un ciclista en excelente forma ayudándonos a pedalear. Por encima de dicha velocidad, toca tirar de gemelos y pesan más que una bicicleta clásica, por lo que se incentiva al usuario a mantenerse por debajo de esa velocidad.
Una variable fundamental que explica el éxito de un servicio de bicicletas de alquiler es precisamente que sean eléctricas. Está comprobado por diversos estudios que, ya sea para un uso ocasional o deportivo, las bicicletas eléctricas realizan más kilómetros y se usan más. Esto se verifica también incluso entre usuarios que están en una forma física por encima de lo habitual, pese a lo que digan los tópicos.
Sirva de ejemplo un análisis que realizó Fifteen, comparando cinco servicios de alquiler sólo con bicicletas convencionales, respecto a otros cinco servicios en el que sólo se alquilan bicicletas eléctricas. Con estas últimas, la tasa de rotación (número de viajes diarios por unidad) es 2,4 veces superior y las distancias recorridas tienden a ser el doble de largas.

Algunos ejemplos
Características del vehículo aparte, hay otros aspectos que condicionan que un servicio de alquiler funcione o no. Tenemos un mal ejemplo de aplicación en Madrid, en el que hubo una temporada de caos, elevados niveles de vandalismo, problemas con la aplicación móvil, problemas con las estaciones para devolución y recogida, etc. Además, era gratuito por uso durante media hora, lo que propició en cierto modo un abuso del servicio.
En este 2024, Bicimad dejó de ser gratuito, pero el servicio ha mejorado sustancialmente. De acuerdo a las últimas estadísticas publicadas, hay más de 129.000 usuarios, que hacen una media de 250.000 usos al mes y de una duración media de más de 15 minutos o menos de 3 kilómetros. Los trayectos que superan la media hora tienen un coste adicional. El número de usos acumulado se acerca a los 5 millones. Bicimad cuenta con 7.500 unidades, cada unidad tiene una rotación de unos 4,2 usos.
Veamos otro ejemplo de una ciudad más pequeña, Santander. Durante los primeros seis meses de vigencia de TUeBICI -al igual que Bicimad, son todas eléctricas- se han realizado más de 53.000 alquileres con una base de más de 16.000 usuarios. En el caso de Santander, los alquileres suelen ser más largos de media, de 15 a 30 minutos. Tengamos en cuenta la escala, esto se ha hecho con 200 bicicletas y 26 estaciones, nada que ver con Madrid.

Un delicado equilibrio
Si se pretende maximizar el uso del servicio y que lo use mucha gente, lo cual tiene muchos efectos positivos (agilidad del tráfico, reducción de emisiones y ruido, estilo de vida saludable…), el servicio tiene que tener una serie de características. Debe ser cómodo y conveniente usarlo, tener un coste razonable y asequible, que haya una disponibilidad suficiente de bicicletas y estaciones, esté bien mantenida y resulte útil.
Por contra, hay otros aspectos que degradan el servicio y pueden espantar a los usuarios, como problemas habituales con la aplicación o el sistema de alquiler, que el vandalismo sea notorio, estaciones colapsadas que no tienen huecos libres y lo contrario, que no tengan bicicleta alguna, que el coste no merezca la pena, o la percepción de que el material no está en buen estado. Para evitar todo esto hacen falta, básicamente, recursos.
Hay que encontrar por tanto un equilibrio razonable entre ingresos y gastos, aunque sea un servicio público, porque tampoco tiene que pagar el contribuyente algo que no funciona, y el usuario, a su vez, no crea que es un servicio que no se pueda permitir o, simplemente, sea caro. Dicho todo esto, parece evidente que no resulta fácil mantener un servicio de alquiler de bicicletas de éxito, rentable y ampliamente utilizado.




