Si no fuese por el transporte público en las ciudades, muchas serían impracticables. Imaginemos toda la gente que ocupa a diario los autobuses, trenes o metro si cada uno condujese un vehículo privado, ¡aunque fuesen motos! El tráfico sería un infierno. No solo eso, habría mucha más contaminación y sería un despilfarro absoluto de energía.
Las ventajas del transporte público se dan por sabidas a esta altura, y son fundamentales. A lo anterior hay que añadir una obviedad, y es que no todos los que se transportan pueden conducir un vehículo o tener acceso a uno, por lo que es necesario que ese servicio público exista. Y además de existir, debe tener otras características para que se utilice en mayor medida.
Pongamos como ejemplo la ciudad de Castellón. A lo largo de 2017 se llevaron a cabo numerosas reformas: tres nuevas líneas, reordenación de itinerarios, ampliación de servicios, refuerzo de líneas y más frecuencias, así como mayores facilidades de uso y pago para los usuarios frecuentes. Lo que pasó a continuación te sorprenderá: un 15% más de viajeros que en 2016 y el récord histórico para la ciudad valenciana: 6,5 millones de usuarios.
La gratuidad del servicio puede ser un factor importante, según el lugar. De Castellón nos vamos a Sevilla, a una de las mayores poblaciones de Andalucía: Dos Hermanas. La semana pasada se comunicó que el número de usuarios del transporte público de la ciudad prácticamente se duplicó en un año. ¿Fue magia? No, el servicio es gratuito -que no sin coste, eso es otra cosa. Además, es una población grande y las distancias de punta a punta -con un centro poco transitable- no son para cualquiera caminando, y eso sin hablar del verano y “sus cosas”.
De momento, podemos inferir que un coste más bajo -o el uso gratuito- y un servicio mejor prestado aumentan la deseabilidad del transporte público respecto al vehículo privado. A fin de cuentas, tiene sus inconvenientes, como tener que buscar aparcamiento y/o tener que pagarlo, la preocupación de que al vehículo le pase algo durante el estacionamiento, que es incompatible con planes en los que haya alcohol, etc.
Uno de los factores que más aprecian los usuarios es el manido llegar a tiempo, es decir, que el transporte sea puntual, rápido y predecible, por lo que se pueden hacer planes y no encomendarse a los caprichos del destino. La introducción de más tecnología ha facilitado las cosas mucho: marquesinas con tiempos aproximados de espera, autobuses geolocalizados por GPS, pago sin contacto o los abonos con tarjeta.
Y aún se puede hacer más. En algunas ciudades, los autobuses tienen prioridad de circulación por carriles especiales o completamente segregados del resto del tráfico (plataformas reservadas), solo compartidos con taxis y, puntualmente, con motocicletas. En algunos casos, cuentan hasta con prioridad semafórica. Se acercan todo lo posible a los tranvías, trenes o metro, que tienen su infraestructura exclusiva y prioridad, pero con menor impacto en superficie y con paradas más económicas de construir y mantener.
No solo aumenta la velocidad comercial del servicio, también sirve para hacer reflexionar de vez en cuando a los automovilistas: “pues los del autobús van más rápido”, y porque juegan con ventaja. Si bien el otro día defendíamos que el transporte público tiene que ser eficaz para despejar las vías urbanas para aquellos que tengan que utilizarlas más, el número 1 en importancia tiene que ser, en todo caso, el transporte público.
Los efectos de hacer las cosas al revés están abundantemente documentados en Estados Unidos, donde las empresas automovilísticas hicieron todo lo posible para boicotear el transporte público, llegando al extremo de comprar empresas que prestaban el servicio para luego cerrarlas. La movilidad es peor, obliga a los ciudadanos a depender del automóvil, y perjudica a los que tienen menos recursos.
Y todo lo dicho queda “redondeado” cuando los autobuses son eléctricos, porque a todo lo anterior añadimos eficiencia energética, eliminamos las emisiones locales, y el impacto acústico es más bajo. El número de autobuses eléctricos va aumentando, y van relegando poco a poco a las tecnologías de transición, como los motores de gas natural comprimido y los híbridos a gasóleo.
¿Quién lo hubiera pensado? Transporte público rápido, fiable, económico, cómodo… Así aumentaría su uso y los beneficios son para todos.
